jueves, 20 de junio de 2013

Un golpe de suerte

Pasadas las 3 de la mañana el maquillaje de Ariane ya estaba corrido por el sudor que le provocó la multitud del bar. Afortunadamente estaba sentada cerca de la acera frente al antro donde su amiga Laura la había llevado ese viernes, en el momento que la policía municipal llego a realizar la inspección usual cuando la hora de cierre de los locales se excedía. Rápidamente fue tomada por el brazo por un joven alto y fuerte mas consiente que ella, que la levanto del caño para llevarla en su automóvil.

Semanas atrás Laura había cumplido ya 19 años. Cursar el decimo año en un colegio de monjas le abría el apetito de rebeldía, especialmente porque podía presumir su mayoría de edad frente a los demás compañeros quienes aun esperaban ansiosos su próximo cumpleaños: el numero 18. Laura presumía de sus conocimientos en la vida nocturna, sabia cual coctel era el más sabroso, cual marihuana la más poderosa, y cual bar el más popular. Pintaba sus labios rojos y sus pestañas negras y postizas dejaban al descubierto una mirada picara, como si estuviera escondiendo un secreto todo el tiempo. Aún hoy a sus 22,  su aspecto no ha cambiado pero sí su manera de ver la vida.
 
No le importaba que las monjas la amenazaran semana tras semana por no lavar su maquillaje antes de llegar a clases, ella sabía que aunque perdía valiosos puntos de su nota de conducta ganaba lo que para ella era más valioso aún: admiración, respeto y popularidad.  

Ariane quien ahora recuerda ese viernes sonriendo y sorprendida ya tiene 20. Han pasado 3 años desde que recuerda como ese día la suerte toco a su puerta. Era menor de edad y la mejor amiga de Laura en el “convento” como le llamaban bromeando al Colegio del Sagrado Corazón.

La gota que derramo el vaso fue no poder asistir a la celebración del cumpleaños de Laura en un bar de moda en San Pedro llamado Retro, tocaba una de sus bandas favoritas, kadeho. Hoy ya ninguno de los dos existe. Estaba convencida de que no tener cédula le estaba robando los mejores momentos de su juventud, especialmente porque su mejor amiga al día siguiente presumía una fotografía con el vocalista de la banda en su facebook.  

Salían del cole a las 2 de la tarde todos los días y ese viernes Ariane ni siquiera llego a su casa, el plan había estado en mente desde semanas atrás. Un mensaje de texto al celular de su madre para que no se preocupara fue el único indicio de vida que dio a su familia en las siguientes 20 horas. Después de clases, no tomo el autobús escolar y se dirigió a casa de su mejor amiga; debían estar listas  para la noche. Conseguir una cedula falsa con un amigo de Laura le costaba 50mil colones, por eso decidieron ir a un bar no muy costoso  donde quizá Ariane pudiera entrar sin ser percibida como menor de edad. No fue muy difícil. 

Pinto su cara como lo hacía Laura, y se puso unos tacones que le favorecían muy bien. Esa noche Laura había invitado a sus amigos universitarios  para sorprender a Ariane. Cancelaron a último minuto. Ya todo el plan estaba hecho, las ansias de conocer antes de tiempo quemaban y no podían cambiar el plan. A las 9 de la noche, temprano para ser viernes y tarde para una joven de 17 ya estaban sentadas en la mesa de Karaoke 88 en la calle de la amargura. 

Solas en una mesa Laura saco los cigarros y ofreció a Ariane como si fueran confites. En ese entonces podían fumar dentro del bar.  

Pasada ya media hora, Laura intentaba convencer a Ariane de abandonar el lugar. El ambiente estaba apagado, estaban solas y no había música de moda, sino más bien personas cantando rancheras y románticas en español en una tarima. Pero Ariane insistió. No paso mucho tiempo cuando un joven de los que estaban sentados en la mesa de al lado se aproximó –¿Me regala fuego?

Ariane astuta contesto: -Claro, pero con una condición: Que vengan a sentarse acá con nosotras. 

Era un grupo de tres jóvenes.  Ya eran 5 en la mesa y la noche comenzó a tornarse divertida. Ariane recuerda que ellos las convencieron de cantar frente a todos en el bar, y que ellas debían solicitar las canciones al DJ. Había que escribir en un papel el nombre de la canción y cuando saco unas crayolas para escribir “Lamento Boliviano” el funcionario del bar noto que era menor de edad. En tono de burla le dijo que regresara al kínder de donde venia, pero que disfrutara primero la canción. Siendo casi ya la 1 de la mañana Ariane y Laura no habían gastado ni un colon en licor pero la mesa estaba llena de botellas y ellas ya no muy consientes de lo que sucedía. Siendo ya casi las dos de la mañana le empezó a faltar el aire, había demasiado humo en un lugar tan pequeño y ahora veía doble. Las propuestas para el  sarpe  se hicieron venir. Los jóvenes las sacaron del bar y sentaron a Ariane cerca de un caño, quien hoy solo recuerda que al abrir sus ojos uno de ellos la levantaba de la acera con rapidez. Ella solo podía distinguir las luces de las patrullas de la policía municipal y escuchaba como en medio del bullicio sacaban a la gente del lugar.  En el carro iba más consciente y mientras besaba en la boca a uno de los jóvenes escuchaba las risas de sus demás acompañantes.

Ahora agacha la mirada y me evade. Cuenta con pausas que el momento en el que se dio cuenta que iba en el automóvil de 3 hombres desconocidos con su amiga Laura fue cuando pararon en una pulpería de una calle desconocida para comprar más licor. Tenía la voluntad de salir del carro, pero no las fuerzas. Al llegar al departamento la sentaron en un sillón y cerró los ojos, recuerda haber ido al baño unas 3 veces a vomitar el alma y observar ropa interior de mujer (que no era ni de Laura, ni de ella) tirados en las habitaciones del lugar. Cuando abrió los ojos Laura estaba encima de ella intentando hacer que entrara de nuevo en razón. Le dijo: 

-Ya van a ser las 5, Ari. Vámonos. Ellos nos van a dejar a mi casa. 

Efectivamente los jóvenes las llevaron hasta la casa de Laura donde no había problema en entrar y salir a la hora que ella deseara. Durmió tranquila sin ningún rasguño hasta las 10 de la mañana. Se despertó porque  el sonido de la vibración del teléfono en las 72 llamadas perdidas de su mamá ya eran insoportables en su cabeza. 


Hoy todos continúan siendo amigos.

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