Eran apenas las 2:30 de la tarde cuando Tifany se dirigía nuevamente a la dirección de su escuela para que le sellaran el permiso de salida alegando que se sentía mal. Caminaba despacio, un poco encorvada y con la cara larga. En horario normal llegó a la escuela sabiendo que tendría que esperar hasta las 5:40 de la tarde para regresar a su casa, pero en el primer recreo del día desistió.
Ya había pasado un año desde que su problema se convirtió en un escándalo público en su comunidad, cuando su madre decidió acusar a la escuela ante un medio de comunicación al no solucionar el maltrato psicológico que Tifany estaba sufriendo por parte de sus compañeros de clase. La solución aún no ha llegado, sino que acciones como esta agravaron la situación con el paso de los días.
“Por dicha este es mi último año aquí” dijo sonriendo como si hubiera tenido que pagar una condena por una culpa que no es suya. Cursa el sexto grado y no sabe porque su madre nunca la cambió de escuela. “Siempre me dice que no, porque en todo lado voy a seguir siendo negra”
Tifany es hermosa, pero ella no lo sabe. Ha intentado cubrir su piel morena con la tiza blanca que se utiliza para rayar la pizarra en su clase, y en repetidas ocasiones ha pedido a su madre que le compre talcos en el supermercado para aplicar la misma técnica en su casa y así poder asistir a su escuela, donde la juzgan por su color de piel.
“Quiero verme blanquita, así como usted” dijo sin parar de sonreír como esperanzada. No conoce a su padre, pero si sabe que su mamá y sus hermanas tampoco comparten su color de piel.
Se sienta de primera en el aula cerca del pupitre de la profesora, así ella puede consolarla si alguno de sus compañeros hace algún comentario indebido. Solo eso está en sus manos, afirmó la maestra acentuando con la cabeza, después de contar como ya se habían aplicado todas las medidas correctivas de conducta a los demás niños sin los resultados deseados.
A Tifany se le permitió sentarse junto a sus mejores amigas. Aunque muchas veces interrumpe la clase hablando con ellas, es más importante que esté acompañada la mayor parte del tiempo, dijo su profesora. Son dos, Viviana y Arlyn, quienes con más madures que los demás compañeros saben que el color de piel de Tifany no influye en su calidad como persona. “Ella es buena” dicen las niñas sentadas junto a Tifany mientras yo observaba como las tres llevaban su cabello acomodado de la misma manera, con una cola hacia el lado derecho: por igual.
Algunos de los demás niños en el aula, para evitar ser rechazados no le hablan a Tifany, tampoco la ofenden, solo la ignoran.
***
Tampoco podía compararse con el miércoles anterior cuando la niña encontró la lonchera con la comida que su madre había preparado, en el basurero de la clase. Mucho menos se comparaba con la del viernes ante pasado cuando Tifany debió cortar con una tijera un mechon de su pelo porque sin percatarse, alguno de sus compañeros le pego un chicle. Por fortuna, ahora sus amigas también se recogen el cabello con colitas del mismo color, para que Tifany no se sienta diferente.
Esta vez, como siempre recibió las lecciones de Estudios Sociales tranquila desde su pupitre, coloreando en su cuaderno, sonriendo con sus amigas. Cuando llegó el receso salieron del aula, guardando distancia de los demás niños, llevaron sus meriendas y se sentaron en un pasillo cerca de la puerta del aula a descansar mientras los demás realizaban actividades y juegos en grupo. Para que no se percataran de que yo la observaba de lejos decidí acompañarlas en la conversación. Me explicó tantas veces que lo único que quería era no llamar la atención.
Esta vez Tifany intento irse de clases porque uno de sus compañeros le recordó que hace un año ya habían hablado lo suficiente de ella, tanto así que la situación llego un periódico nacional. Como para querer desaparecer del mapa. Tomo la decisión cuando después de sonar el timbre de entrada, a lo lejos escuchó a uno de sus compañeros varones gritar: “!Vean! volvió a llamar a los periodistas. No entendió que eso no le sirvió de nada”, llena de miedo por mi presencia, se puso de pie despidiéndose con la mirada y corrió a traer su cuaderno de comunicaciones para dirigirse a la oficina del director. Había encontrado una nueva excusa para intentar salir de ese lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario